lunes, marzo 02, 2009

Mi amigo

Quien no lo recuerda, era el niño más feo que hayamos visto en nuestra corta vida. Era mitad del segundo año de primaria. Y no es que nosotros fuéramos los más guapos y galanes, pero a esa edad no se acepta tan fácilmente a lo diferente y ese niño era definitivamente muy diferente. Lo recuerdo tan bien y a la vez su rostro se convierte en una nebulosa. Era simplemente el niño nuevo.

El primer día

Como olvidar cuando enmedio de una aburrida clase de matemáticas, la maestra hace un berrinche cuando el niño se atrevió a interrumpir su discurso sobre los números y la importancia de estos en nuestra vida. Abrió la puerta y fue precisamente su gesto de sorpresa e incredulidad el que nos llevo a mirar al osado interruptor. Y ahí estaba, con su cara asustada y todos nos quedamos mudos. La respiración en todo el salón casi era visible. Manuel "El negro", fue el que después de largos segundos se atrevió a gritar en tono de burla: -Llegó el circo, pásele, pásele...

El ambiente se tornó en una risotada generalizada, aunque cierto temor prevalecía en el aula. La maestra sonreía y le ganó a su profesionalismo, al mismo tiempo que intentaba acallar la bulla. Así llegó a nuestra infancia y así llegó a cambiarlo todo.

Diferencias

Si bien es cierto que en el grupo había de todo lo que habitualmente hay en un salón de segundo grado de primaria. El abusivo, el nerd, el tontín que todos le hacen bromas, la reina de belleza, la presumida, en fin, todos los segmentos estaban cubiertos. Pero no existía el raro, aquel que todos empujaban en la hora de hacer fila, que nadie quería en sus juegos, que todos evadíamos. Él, a pesar de esta situación se le veía atento, hacía sus deberes, pasaba sus exámenes con calificaciones más o menos regulares y casi puedo asegurar que no era el infeliz que muchas veces pensé que era.

A la hora de salida, el caminaba rápido y era casi siempre el primero en salir. Nadie lo extrañaba, nadie comentaba de él, era como si no existiera. En los trabajos de equipo, el siempre quedaba solo y parecía no importarle gran cosa. Incluso para la maestra era como si no existiera.

El accidente

Un día, jugando en los columpios, un niño de sexto año, tomo mi columpio y lo empujó fuertemente, una y otra vez, el pavor de caerme hizo que mis manos se aferraran a las cadenas del juego. El sudor empezó a llenar mi frente primero, estaba aterrorizado, le grité, le supliqué y todos a mi alrededor le coreaban -Más, más, más... Sentía que ya no podía más. De pronto. Lo inevitable, caí, fue una caída hasta cierto punto decorosa, caí como a cinco metros del columpio ante la risa de todos en la escuela. Risa que lentamente se convirtió en un silencio sepulcral. No me movía, no respiraba, estaba absolutamente inmóvil. Fueron segundos en los cuales sabía que estaba ahí, pero no podía hacer nada. De pronto, desde el centro de mi estómago llegó en fracción de segundos un dolor agudo a todo mi cuerpo, que me hizo gritar. La mitad salieron corriendo a buscar a algún maestro, los demás se quedaron diciendo palabras de aliento, cuando abrí los ojos, había pasado una eternidad y una ambulancia me esperaba afuera de la escuela. Mientras iba en la camilla vi en mi camino a nuestro extraño compañero sonriéndome, pero no era una risa de burla, era una sonrisa de ánimo, que me decía no te preocupes, todo estará bien.

La otra historia

Y ahí estaba yo, por segunda vez en un hospital, a mis siete años con dos fracturas, imposibilitado de regresar a clases por un buen tiempo. Había perdido con toda seguridad el año escolar. Era el segundo día de estancia en el nosocomio y ya estaba más que aburrido, no había mucho por hacer, menos si se está inmovilizado. Y ahí estaba yo, solo. Aburrido, insospechadamente aburrido. De pronto, por la tarde, después de que mis padres y mi hermano se fueron de la hora de visita, llegó, así, sin previo aviso, ahí estaba, el niño raro de mi salón, con su sonrisa, sí, la misma sonrisa que le vi al salir en la camilla de la escuela. En sus manos traía un par de revistas y una bolsa de dulces. Por la expresión que debí poner en mi rostro, él sólo dejo las cosas sobre la mesa enseguida de la cama, me dijo: - Pronto estarás bien amigo. Y así como llegó, se fue.

Las extrañas visitas

Así, cada tarde, él llegaba con alguna revista, algún dulce, algún detalle. Así lo fuí conociéndo. Día a día su rareza se convirtió en cotidianidad. Cual era su rareza, hoy no lo sé. Aprendí con mi mejor amigo de la infancia que las pequeñas diferencias no representan nada en realidad.

Durante mi recuperación, fue el único del salón que fue a verme, a mi retorno a casa, no supe más de él. Sabía su nombre, Ernesto, sabía que era de Chiapas, sabía que sus papás lo habían enviado con su tío mientras arreglaban unos problemas de tenencia de tierras o algo así, supe también que dentro de su corazón había mucha nobleza, mucha búsqueda de un balance universal que ahora entiendo.

Hoy

Hoy, después de más de treinta años supe de él. Lo vi en televisión, en cadena nacional, fue ejecutado en una balacera en su residencia en Oaxaca. Era un abogado, defensor de los pobres e indigenas. Fue una ejecución terrible, frente a sus dos hijos y su esposa. Los presuntos asesinos, portaban uniformes de la Policía Federal. Recibió más de veinte tiros. La nota no duro ni lo que tarda una cuarta parte del bloque comercial. Pero estoy seguro, que en sus casi cuarenta años de vida, él hizo la diferencia en muchas de las vidas que se cruzaron en su camino.

Descansa en paz, amigo Ernesto.


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