martes, agosto 17, 2010

El reencuentro

I

El reloj en la pared no dejaba de intensificar la impaciencia. El sudor corría por las manos y resbalaba por las muñecas, lo limpiaba con las mangas de la camisa y no hacía otra cosa que repetir el ritual de mirar al reloj. Faltaban seis minutos para la cita. El restaurante fue idea de ella, quien lo veía se extrañaba de su mirada fija en la pared y sobre todo del sudor que copioso no dejaba de fluir, pese al sistema de aire acondicionado del lugar. Una y otra vez miraba su camisa y volvía a ver la hora que parecía fluir de manera más lenta cada segundo.

Sus sentidos empezaron a agudizarse, primero, le pareció que era una ilusión, pero lentamente los sonidos se fueron separando, como si una enorme consola mezcladora eliminara sonidos independientemente. En ese momento los sonidos de los objetos analizados eran los únicos que podían percibirse, el reloj, la cocina, las conversaciones, incluso las más lejanas, todo podía aislarse.

De nuevo el reloj recogía toda su atención y el sonido del segundero se hizo presente de manera paulatina. Pensó en su corazón y los latidos se acoplaron al ritmo incesante del tiempo que marcaba el aparato colgado en la pared, sólo faltaban dos minutos para el encuentro. Aun no creía que fuera posible. Después de tanto tiempo y de tantas cosas vividas. Empezó a recordar el día que la vio por vez primera en la escuela y como, pese a ser el ser más introvertido del mundo, venció su timidez y le habló, decir hola para él era un logro enorme. Ella divertida con su nerviosismo quedó fascinada del poder que tenía para perturbarle. Así fue como inició la historia, vinieron muchas anécdotas de días felices y muchos momentos realmente memorables. El tiempo hizo su trabajo y les trajo las dificultades propias de la vida y llegaron las duras pruebas que a veces cedía él y otras... también él. Ella se volvió una especie de verdugo, le culpaba de todo y después de muchos días y mucho sufrimiento, él simplemente se fue.

Ahora, estar en el restaurante esperándola le traía el mismo sentimiento de aquel primer día que la conoció. La amaba y lamentaba no haber tenido la fortaleza de seguir cediendo. La vida le había sonreído con una solvencia económica que le permitía muchos lujos, prácticamente era feliz, salvo por el pequeño detalle que nunca la había dejado de amar. Hacía tiempo que la buscaba sin éxito. Estar de paseo en esa ciudad y verla en el mismo hotel le había perturbado sobremanera, el chico tímido había regresado. Ella se veía bella, increíblemente bella, incluso le pareció que el tiempo no hubiera pasado en ella, cuando el espejo le decía hacía ya algunos años que la juventud había dado paso a la vejez, casi sin darse cuenta. El reloj le decía de un retraso de cinco minutos. Normal en una mujer, pensó.

De pronto, recordó el sudor de su frente y tomando una servilleta se empezó a secar lentamente el sudor, en ese instante, todo alrededor se torno borroso y como en una cámara lenta el restaurante pareció desvanecerse y al fondo la vio a ella acercarse a él sonriendo. Una sonrisa que no entendía ya que sentía como caía en un fondo negro que no tenía fin, luego detrás de ella una luz blanca empezó a bañar todo el entorno y cerro los ojos.

II

El ruido incesante de tantas cosas le molestaba sobremanera, escuchaba lamentos, quejidos, gritos, conversaciones, rezos, sonidos metálicos, líquidos goteando, todo junto y con una claridad inusitada. Intentó abrir sus ojos y el blanco intenso no se lo permitía, sintió personas a su alrededor y por primera vez el miedo se instaló en su mente. Estaba muriendo, la certeza de su muerte no le podía tanto como el hecho de haber estado tan cerca de nuevo de su amor y no haber podido sentirla. Abrió lentamente sus párpados, pese al dolor, buscándola y sólo vio médicos y enfermeras alrededor, el ruido era intolerable, sus ojos derramaron el llanto acumulado de tantos años de fortaleza autoimpuesta, ahí el mundo entero se derrubó y supo que nada de lo vivido había valido la pena, sólo ella y se culpó por permitirse haberla perdido. Maldijo su suerte de haberla encontrado y que le hubiera hecho ver lo infeliz que era. Era mejor vivir negándose a aceptar su vida como era, incompleta.

Cerro los ojos y supo que el ruido reverberante y estrepitoso era la antesala de su castigo infernal, que su condena era escuchar hasta el último de los sonidos del mundo al mismo tiempo, no había escape. El hospital entero le envolvía sonoramente convirtiendo todo en un sólo agudo sonido que le perforaba el cerebro y le llenaba de dolor. Sintió que su cuerpo no podía soportar más, sintió la agonía y el terror de saberse sin salida, los médicos gritaban angustiados y daban órdenes, el se perdió de nuevo en la oscuridad y su último pensamiento fue ella y su sonrisa.

Despertó al sentir sobre sus labios otros labios, intento desesperadamente mirar quien le besaba pero la oscuridad y ahora el silencio absoluto se lo impidieron. No podía hablar, era como si sus sentidos, salvo el tacto no existieran, la alerta mental fue general, intento moverse y no pudo, no escuchaba nada y a no se por el negro de la ausencia de luz, sus ojos no funcionaban, puso atención a su oído y nada tampoco. Sintió movimiento, era seguro que lo estaban moviendo. Lo colocaron en una camilla más estrecha y lo dejaron solo. Su conciencia se fue sobreponiendo a todas sus carencias sensoriales. ¿Estaba muerto? No, definitivamente la muerte no podía ser esto. Definitivamente estaba vivo. Debía estar en una especie de coma o un estado similar. Sintió su corazón latir, eso era indicativo que los doctores de seguro se percatarían de ese hecho. Debía encontrar la forma de comunicarse. No supo cuanto tiempo estuvo en ese espacio y cuanto más estuvo pensando en su situación cuando se quedó dormido y lo llevó a una aventura enorme llena de sueños incongruentes y plenos de todas las sensaciones que hacía un momento adolecía. En el sueño volaba y escapaba rumbo a una enorme montaña, ahí, gritaba a todo pulmón y empezaba a escalar, escuchaba la tierra y los sonidos de la naturaleza y los disfrutaba. De pronto estaba en una playa con un sol en el ocaso, con los colores más majestuosos que jamás hubiera visto, estaba en la playa y el mar le refrescaba sus pies, de su mano estaba ella, no alcanzaba a verla, pero sabía que era ella y que sonreía. Escuchó su voz sin escuchar palabras, sólo le decía, - Ven conmigo, una y otra vez. El le siguió y caminaron por la playa y de pronto por campos verdes, y luego por el espacio azul y ahí se perdió, junto con ella, fundiéndose en el blanco de las nubes que los cobijaron y el por fin sonrío y dejó de soñar.

Los médicos hicieron todo por sacarlo del coma primero, después, cuando tuvo el infartó todo el equipo se tornó a su cama y nada se podía hacer ya. Al declarar su muerte, una de las enfermeras puso en evidencia su sonrisa. Era algo inusual, pero ahí estaba en su rostro, la muestra clara de una muerte serena y feliz.

1 comentario:

Anónimo dijo...

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA, que tristeza, y que alegría... a la vez.....